La ciudad entera estaba en pánico. La gente
corría por las calles como si en la velocidad encontraran una solución a su
problema. Los gritos que acompañaban eran inevitables y nadie podía ser optimista.
El
ministro estaba en su escritorio, mirando los informes que debería entregar
para el día siguiente. Había estado horas, días, noches enteras elaborándolos,
eran su vida entera, y ahora nada. Unas insulsas hojas de papel con letras
encima que ya nada significaban. Las observaba sin mover los ojos, como mirando
al infinito y se imaginaba a su esposa regañándolo por llegar tarde a la casa y
por no dar el beso de las buenas noches a sus hijos. Cuanta razón tenía ella,
pensaba, ahora todo eso fue en vano.
El
asiento 76 a
del vuelo 517 era el único ocupado de todo el avión. No porque no hubiera otros
pasajeros, sino porque todos estaban de pie, en el mismo estado que la gente de
la ciudad, solo que ellos no serian las víctimas sino los que verían a sus
afectos sufrir. En el asiento 76
a se encontraba el causante de toda esta catástrofe, que
miraba con una sonrisa beatifica y un vaso de whisky en su mano las costas de
la ciudad alejarse y quedando en el olvido.
La
plaza central de la urbe estaba rodeada por vallas, aunque nadie trataba de
pasar por encima de ellas. El monumento al fundador de la ciudad, en el centro
de la plaza, tenia apoyada en su base una valija plateada totalmente cerrada
pero con un temporizador externo. Las luces de led rojas formaban el número
38:00, que iba disminuyendo mucho más rápido que el tiempo.
El
ministro comenzaba a salir del shock que estaba experimentado y paso de la
quietud a la energía de la resolución. Se asomo a su ventana que tenia la más
bella vista de toda la ciudad, vista directa a la hermosa plaza central, donde
podía ver a los habitantes disfrutar de los tiempos de óseo. En un acto de valentía
bajó a la calle para vivir la situación. Nunca sintió el clima tan helado como
ese día de verano.
El
avión ya había aterrizado, Béng buscaba sus dos valijas, una roja y una azul,
luego de realizar los trámites migratorios. El viaje había sido corto y placentero, no más de 40 minutos de vuelo,
pero con eso bastaba para estar a salvo
y fuera del país. No necesitaba hotel ni lugar para quedarse, solo estaría un
día en ese país. Con sus dos valijas ya fuera del aeropuerto, se dirigió a la
costanera.
El
centro de la ciudad estaba desierto y mudo, las salidas de ella colapsadas y
ardiendo. Hacia tiempo que no había tanta paz en el centro, era habitual el
ruido y la gente por todos lados, pero ahora ya nada de eso importaba. El
temporizador de la valija marcaba 4 minutos 36 segundos.
El
ministro sentado junto a la valija buscaba un botón o algo para desactivar los
números que se movían descorazonados, implacables. El capitán del barco no
puede abandonar la nave-pensó- con una mirada nuevamente perdida en el
horizonte. Permaneció quieto durante el minuto y medio que quedaba.
Béng,
que ya estaba en la costa, miraba tranquilamente la gente pasar, dándole la
espalda al amplio río que tenia a sus espaldas. Miró su reloj en donde tenia un
temporizador igual al de la valija, que marcaba los 30 segundos restantes. Focalizó
toda su atención en escuchar aquel pequeño y lejano ruido que sonaría al llegar
a 00:00 su reloj.
Con
una valija en cada mano Béng el peculiar asiático que estaba parado en la
costanera, dándole la espalda al río, escuchó lo que mas había deseado escuchar
en toda su vida, y finalmente cerrado el vacío que tenia en su interior, salió
caminando como si nada hubiera pasado y como si aquella ciudad nunca hubiera
existido.

Manuel: La idea disparadora es buena pero no cierra tal como la escribís pues hay algunas incoherencias en la historia y algunos errores en la expresión que la deslucen y distancian al lector de cualquier posibilidad de conmoverse con lo que sucede. Resulta poco creíble que, ante la catástrofe que se avecina, el ministro y no especialistas intente desactivar la bomba. ¿Cuáles son los motivos de Béng? ¿Los pasajeros del avión ya saben que va a estallar una bomba?
ResponderEliminarEl tono y los modos del narrador se quedan en el decir pero no alcanzan a contar. Narrar no es decir lo que pasa sino hacer que pase. Repensar qué recursos te ayudarían a dotar el relato de intencionalidad estética.
Rever tiempos verbales, puntuación, construcción de párrafos, concordancia, repeticiones, vocabulario. También errores de tipeo.
NOTA: 6-
Graciela Amadio