domingo, 21 de mayo de 2017

cuento Literatura Manuel fernandez

 La ciudad entera estaba en pánico. La gente corría por las calles como si en la velocidad encontraran una solución a su problema. Los gritos que acompañaban eran inevitables y nadie podía ser optimista.
            El ministro estaba en su escritorio, mirando los informes que debería entregar para el día siguiente. Había estado horas, días, noches enteras elaborándolos, eran su vida entera, y ahora nada. Unas insulsas hojas de papel con letras encima que ya nada significaban. Las observaba sin mover los ojos, como mirando al infinito y se imaginaba a su esposa regañándolo por llegar tarde a la casa y por no dar el beso de las buenas noches a sus hijos. Cuanta razón tenía ella, pensaba, ahora todo eso fue en vano.
            El asiento 76 a del vuelo 517 era el único ocupado de todo el avión. No porque no hubiera otros pasajeros, sino porque todos estaban de pie, en el mismo estado que la gente de la ciudad, solo que ellos no serian las víctimas sino los que verían a sus afectos sufrir. En el asiento 76 a se encontraba el causante de toda esta catástrofe, que miraba con una sonrisa beatifica y un vaso de whisky en su mano las costas de la ciudad alejarse y quedando en el olvido.
            La plaza central de la urbe estaba rodeada por vallas, aunque nadie trataba de pasar por encima de ellas. El monumento al fundador de la ciudad, en el centro de la plaza, tenia apoyada en su base una valija plateada totalmente cerrada pero con un temporizador externo. Las luces de led rojas formaban el número 38:00, que iba disminuyendo mucho más rápido que el tiempo.
            El ministro comenzaba a salir del shock que estaba experimentado y paso de la quietud a la energía de la resolución. Se asomo a su ventana que tenia la más bella vista de toda la ciudad, vista directa a la hermosa plaza central, donde podía ver a los habitantes disfrutar de los tiempos de óseo. En un acto de valentía bajó a la calle para vivir la situación. Nunca sintió el clima tan helado como ese día de verano.
            El avión ya había aterrizado, Béng buscaba sus dos valijas, una roja y una azul, luego de realizar los trámites migratorios. El viaje había sido corto y  placentero, no más de 40 minutos de vuelo, pero  con eso bastaba para estar a salvo y fuera del país. No necesitaba hotel ni lugar para quedarse, solo estaría un día en ese país. Con sus dos valijas ya fuera del aeropuerto, se dirigió a la costanera.
            El centro de la ciudad estaba desierto y mudo, las salidas de ella colapsadas y ardiendo. Hacia tiempo que no había tanta paz en el centro, era habitual el ruido y la gente por todos lados, pero ahora ya nada de eso importaba. El temporizador de la valija marcaba 4 minutos 36 segundos.
            El ministro sentado junto a la valija buscaba un botón o algo para desactivar los números que se movían descorazonados, implacables. El capitán del barco no puede abandonar la nave-pensó- con una mirada nuevamente perdida en el horizonte. Permaneció quieto durante el minuto y medio que quedaba.
            Béng, que ya estaba en la costa, miraba tranquilamente la gente pasar, dándole la espalda al amplio río que tenia a sus espaldas. Miró su reloj en donde tenia un temporizador igual al de la valija, que marcaba los 30 segundos restantes. Focalizó toda su atención en escuchar aquel pequeño y lejano ruido que sonaría al llegar a 00:00 su reloj.
            Con una valija en cada mano Béng el peculiar asiático que estaba parado en la costanera, dándole la espalda al río, escuchó lo que mas había deseado escuchar en toda su vida, y finalmente cerrado el vacío que tenia en su interior, salió caminando como si nada hubiera pasado y como si aquella ciudad nunca hubiera existido.


1 comentario:

  1. Manuel: La idea disparadora es buena pero no cierra tal como la escribís pues hay algunas incoherencias en la historia y algunos errores en la expresión que la deslucen y distancian al lector de cualquier posibilidad de conmoverse con lo que sucede. Resulta poco creíble que, ante la catástrofe que se avecina, el ministro y no especialistas intente desactivar la bomba. ¿Cuáles son los motivos de Béng? ¿Los pasajeros del avión ya saben que va a estallar una bomba?
    El tono y los modos del narrador se quedan en el decir pero no alcanzan a contar. Narrar no es decir lo que pasa sino hacer que pase. Repensar qué recursos te ayudarían a dotar el relato de intencionalidad estética.
    Rever tiempos verbales, puntuación, construcción de párrafos, concordancia, repeticiones, vocabulario. También errores de tipeo.
    NOTA: 6-
    Graciela Amadio

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